Prólogo de Moisés Cayetano Rosado

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Prólogo de Moisés Cayetano Rosado para el libro «El hombre que me aloja y otros poemas»

No había cumplido aún diecisiete años cuando José María Lorite, en el verano del 76, levantaba oleadas de aplausos por los pueblos extremeños, con sus versos desnudos, con sus versos valientes, con sus versos rebosantes de ansiada libertad.

Fue un verano aquel de grandes recitales, y los poetas extremeños anticiparon los nuevos aires de la vida política -jugándose muchas veces el tipo- con versos de denuncia, con poemas de dolor, con gritos de rabia contenida. Luego han pasado los años y el joven poeta, que había estudiado en Sevilla y Madrid, se afincó en esta última ciudad, como tan- tos extremeños que no encontraron el pan y el trabajo en su suelo. Desde allí, siente la nostalgia de la tierra, como demuestra emocionado en un poema dedicado a la torre de Almendralejo, su pueblo natal:

"Y sueño con volver hasta tu altura,
a sumirme en la vida cotidiana,
a tañer tus laureles de campana
y a besarle la planta a tu estatura"

Ahora bien, ni esto, ni su compromiso social con el lugar de origen deben hacernos pensar que estamos ante un poeta costumbrista, regionalista, folklorista.  

Nada más lejos de la realidad. Ya desde aquellos recitales que pronto cumplirán diez años, se veía un poeta con fuerza, con garra, de palabra cuidada, de verso muy pulido. El mismo lo dice «Prefiero un buen grito que un mal verso” Él sabe que la poesía, aparte de su compromiso ético, tiene un compromiso estético, sin el cual deja de ser obra de arte. Y la poesía de Lorite es auténtica obra de arte, además de compromiso consigo mismo y con los demás.

Gracias a todo ello, estamos ante un poeta con hondas raíces populares, de amplio dominio formal y con inmensas vivencias que transmitir. Y eso es lo que hace en esta obra «El hombre que me aloja y otros poemas”.

Lo primero que destaca en la misma es lo asequible de su verso. Hay que tener en cuenta que estamos ante un libro que tiene treinta y un sonetos, y que los otros ocho poemas no olvidan la métrica clásica. Eso en principio asusta, nos pone en guardia, pues ya se sabe que no son pocos los poetas que esclavizándose a estas medidas rigurosas pierden jugosidad, espontaneidad, frescura. Pero inmediatamente comprendemos que en este caso no es así, y la atención del lector se mantendrá desde el principio al final sin altibajos, sin cansancio, la lectura se hace con facilidad de un tirón.

Las composiciones son de gran musicalidad. Más cercanas al neoclasicismo que al barroco, aunque sin desdeñarlo. Desde el comienzo, el poeta manifiesta su deseo de expresarse con sencillez:

"Quiero hacer estos versos con tomillo
para que nazcan tímidos y amables;
no los quiero grandiosos y admirables,
los quiero campechanos y sencillos.

En ningún momento se desdice, sino que, al contrario, se depura más y más en su expresión hasta la sencillez más desnuda, diáfana, asequible.

A lo largo de los treinta y un sonetos -que tienen el gran mérito técnico de formar con cada letra inicial de sus versos otro nuevo soneto, el cual sirve de introducción- va descubriendo su mensaje y sus inquietudes sin sobresaltos, sin desentonos. Y si en un principio nos recuerda al Pablo Neruda de «Veinte poemas de amor y una canción desesperada», y luego a su «Canto general», después la voz se hace más y más propia, más y más personal. Juega con el lenguaje, lo domina y nos lo muestra seguro, con firmeza. Y a través de él, sus inquietudes:

La denuncia de la violencia y la opresión:

“Mírelos General, aquí los tiene.
Inútil es que apunte hacia sus sienes.
Nadie se va a callar ante esa bala".

El pacifismo militante ante la civilización de la violencia:

"Mírenlo y sean felices cuando encuentren
Al último ejemplar de pacifista
Resistiéndose a ser civilizado".

La fe en la palabra:

"La palabra es el arma. Mientras haya
Más voces que fusiles, la pelea
Encontrará difícil su tarea".

Y esa fe se hace extensiva, como en Gabriel Celaya, a la poesía:

"Otras aves habrá que con su pico
Recogerán los frutos que yo siembre”

La desazón:

“Una tierra de pechos y de manos
Invadidos de muerte, porque siembra
El trigo en el solar de los tiranos".

Pero junto a ella, como un revulsivo, también la esperanza:

"Ven a unir a este grito la vida que apuntalas.
Esta es la hermosa causa que hará que nuestros hijos
Recojan un futuro sin odios y sin balas".

Y no falta la declaración de identidad, la comunión con sus raíces, con la tierra que le vio nacer y le grabó las primeras, las más profundas vivencias:

Yo vengo del lugar donde la encina
Se apiña en la charneca, casi en bloque,
El lugar en que el cáustico alcornoque
Nace donde la paz se disemina".

Una tierra plagada de injusticia, de dolor, salpicada de miedo y de pobreza, como Lorite se encarga de decir a lo largo del libro. Pero una tierra deseable, querida, y que sabe -o piensa- que es envidiada, como se en carga de plasmar en su bello poema de la segunda parte del libro «Ya sé que lloras, mar.…»:

“Ya sé que lloras, mar, porque no llegas
a ver mi tierra en flor, manando vino.
Hastiado ya de arenas y de pinos
quisieras ser caudal de sus bodegas".

Una tierra que le condiciona y le llama. Que está presente en la entraña profunda de cada uno de sus versos. Habitando la universalidad de su poesía trabajaba con primor y con pasión. Porque así es la poesía de José María Lorite: vida de su propia carne. Orfebrería trabajada con una tremenda, irrefrenable sinceridad de hombre existencial.

"Pisadlo si queréis, halladlo necio
llamadlo desfasado y agorero,
empapadlo en desprecio
pero jamás digáis que no es sincero"

Esos son los versos finales de su libro. Así de humildes. Así de entregados. Así de emocionados y sencillos. Un libro para leer de un tirón, olvidando las prisas. Y para luego meditarlo poco a poco, empapándose con su belleza formal y su fondo de vida que rezuma como las uvas tiernas de su tierra lejana.

Moisés CAYETANO ROSADO.

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